La diversidad se llama Lolita

Lo que une a las mujeres en la moda de las muñecas es sólo el vestido.

Foto: Dalia Chávez

I: GLAMOUR EN EL PORTAEQUIPAJE
Lo primero que notaron los abogados en la vestimenta de Paulina es esta blusa blanca de botones con encaje que viste. Es una serie inacabable de olanes que adornan el cuello en forma de uvé y que hacen a Paulina parecer una muñeca y no una abogada.

La conmoción que causó la blusa al centro del recibidor del despacho de abogados —siempre vestidos de negro, abogadas siempre vestidas con trajes sastre—, fue vista casi como desafío de no ser por el pantalón recto, oscuro y convencional con el que entonces Paulina acompañaba la blusa barroca.

Esta tarde Paulina quedó de verse con algunas amigas al salir del trabajo y para ello la blusa que viste resulta fundamental. No es que los olanes tengan la intención de desestabilizar a aquellos abogados sobrios; pretenden, más bien, ser combinados con el resto de la vestimenta que guarda en su carro como el mayor de sus secretos. Dentro de la cajuela del carro de Paulina hay una falda rosa en corte de copa con crinolina estampada en rosas más rosas. Hay un par de medias blancas. Hay zapatillas de piso con punta redonda y moños. También, una brillante diadema blanca con incrustaciones plateadas. Y al fondo de la cajuela, un par de libros de ficción del mago más famoso de la década.

Por la tarde la abogada de 23 años se transformará en una muñeca, pero antes debe hacer gala de la etiqueta convencional a la que guiña con la blusa de olanes. A esta hora del día, Paulina se viste de manera que sus compañeros la puedan asimilar y deja su gusto por la crinolina para la tarde. Para todas las tardes.

—Las responsabilidades diarias no lo permiten y además los vestidos no están diseñados para usarse diario —dice Paulina. Vive en Tijuana, una ciudad donde lo mejor es guardar en el portaequipaje del carro, el glamour que no es convencional. Cursó una carrera en la que la etiqueta es importante. Estudió Derecho, donde los profesores le exigían vestirse formal para asistir a clases y desde entonces lo aprendió: su gusto de vestirse como muñeca sería imposible, pero siempre podría desafiar la convención: llevar consigo detalles y accesorios que le recuerden su gusto a todas horas.

Como la blusa blanca de olanes y encajes que viste hoy.

II: SATISFACCIÓN DE MUÑECA
Karla salió de su casa con una mochila abultada a los hombros.

Cargaba a la espalda la mayor de sus condenas y la más dulce de sus satisfacciones. Lo que Karla guardaba en la mochila era un vestido negro estampado con postres y dulces neón. Un moño para la cabeza con la misma tela. Mallas oscuras. Tacones rosa palo. Y dulces, globos y demás figuras de plástico como accesorios para el cabello.

La cuestión con Karla es que mientras camina a casa de una de sus amigas, recuerda la frase lapidaria de sus padres: «¿Qué satisfacción encuentras al verte así? ¡Te ves mal!».

Cansada de escuchar el reclamo familiar, Karla ha decidido ser una muñeca de closet.

Así que llegó a la casa de su amiga y se sintió liberada. Y no es que para Karla, el vestido sea lo más importante en la moda, sino que piensa que alguien «puede no usar un vestido Lolita y sentirse como tal por algún motivo, o viceversa».

Para Karla, el Lolita es un estilo y una comunidad: «somos un grupo de personas que compartimos ideas y gustos en común, pero no tenemos ideología».

Cada vez que usaba vestidos victorianos, comenzaba el acoso de incomprensión, la condena, la burla. Pero nada la hace perder la esperanza: sus padres deben entender que vestirse de muñeca a los 22 años, no es malo ni es bueno. Es simplemente, cuestión de gusto. Y en gustos, como dicen, se rompen géneros. Y modas.

Donde la premisa estética es mostrar las piernas, entallarse las caderas y escotarse, Karla prefiere mostrar texturas y bordados.

—Si lo comparas con la moda femenina actual, ésta es más conservadora —dice Karla como tratando de equilibrar su experiencia con algo positivo—. Entonces como que le da un plus en aceptarlo para los padres de familia.

Un plus, que con su familia, no obtiene.

PERO HAGAMOS UN INTERMEDIO
Paulina y sus amigas son seguidoras de una moda japonesa llamada Lolita que surge en los 80. Se trata de una propuesta más conservadora que las actuales donde se busca resaltar la feminidad y no la carne. La feminidad, para las lolitas, está en la inocencia. Y la inocencia en los vestidos que parecen de muñecas. Y las muñecas tienen gustos victorianos y rococó.

El vestido es lo más importante para una Lolita. No es un disfraz. La estética básica de un atuendo Lolita se compondría del tocado para el cabello, blusa, una falda con corte de campana, crinolina, bloomers, calcetería y calzado. Un vestido cuesta entre 60 y 400 dólares. Se puede conseguir en tiendas de Japón por Internet o hecho a mano.

Aunque en realidad no hay una ideología escrita, se dice que la moda Lolita busca reencontrar a las mujeres con la estética visual y costumbres refinadas del siglo XVIII y XIX. Según esto, ellas serían felices leyendo, jugando en el campo, cosiendo y, tal vez, husmeando en la cocina.

La moda Lolita en la actualidad es flexible; mientras se cumpla con los requisitos de la estética básica del atuendo Lolita, en realidad, cualquiera puede ser una. Quien piensa que para ser Lolita se requiere un cuerpo de modelo, vive en un error.

Hay de todas las edades, tallas y colores. Paulina dice que «no hay edad para ser Lolita. Generalmente tiene que ver con la madurez y con que puedas adquirir tu ropa». Aunque regularmente son mujeres de entre 18 y 30 años. Y no importa ser hombre porque también hay Lolitas caballeros que se visten como muñecas. Lo que resulta irónico es que los representantes y pensadores más afamados de la moda en Japón, son caballeros que visten de mujer.

Para Paulina, «el vestido es una postura a la forma estigmatizada que tiene la sociedad actual de la mujer: minifaldas, tacones y escotes». Lo que en un país como Japón, donde las huelgas laborales buscan la sobreproducción y no el paro de labores, ser Lolita es una especie de revolución.

Aunque la moda se llame como la novela de Vladimir Nabokov, Lolita no toma su nombre de la literatura, sino de un anglicismo usado en el Japón: Roryta: un término que se refiere a la elegancia y no al erotismo. Vaya, la moda ni siquiera se considera un fetiche porque en Japón, la palabra para ello es lolicon.

Vestirse como muñeca todos los días, en todas partes y a todas horas, puede parecer infantil. Pero por más que lo parezca, es cuestión de madurez. Y decisión. Paulina ni Karla titubearon sobre lo que querían, pero tampoco les ha sido fácil. Lo fácil fue vestirse de Lolita. Lo difícil, encontrar un espacio donde convivir sin ser molestadas. Por eso, por ejemplo, Paulina tomó una decisión: nunca ocultar que es una Lolita, pero tampoco compartirlo con el mundo.

—Hay comentarios hirientes de mucha gente. Pero esa gente no se detiene a preguntarnos o algo, simplemente oyes que dicen bruja y se van.

III: EL PODER DEL VESTIDO
Daniela se levantó temprano esta mañana. Desayunó, limpió su cuarto, se dio una ducha y después comenzó la magia: se vistió de Lolita escuchando Enter the Sandman.

Vestrise como muñeca a sus 26 años, nunca se le ha complicado en casa.

Hoy usa un vestido estampado que parece telaraña tejida entre barcos pirata y diseños de mapas del tesoro con fotografías de bucaneros. De remate, un curioso sombrerito de copa negro, decorado con un moño con perlas de fantasía.

Aunque faltan horas para verse con sus amigas, Daniela ya viste su ropa Lolita. Su pieza estampada de piratas le llega debajo de las rodillas. Usa unas medias oscuras y zapatillas negras de punta redonda.

Pero cuando las cosas en casa parecen marchar bien, en la calle no siempre es así: «¿Vas a alguna obra de teatro?», «¿Vas a bailar?», «¿De qué Alicia vienes vestida?», son preguntas que escucha a cada rato y que con tono amable, responde: «Pues así me visto», y les explica un poco de qué se trata. Y aunque no está para dar respuestas a gente desconocida, considera que siempre tendrá que explicarse.

Hoy, que su carro ya salió del taller mecánico, podrá llevar a sus amigas a la reunión, o como ellas lo llaman «meet up»: no tendrán que utilizar el transporte público, ni prepararse para la lluvia de preguntas ni piropos de los transeúntes.

Durante el tiempo que no tuvo el carro consigo, la gente le cedía el paso, le daban el asiento. Los choferes le permitan subirse al camión, sentarse y después arrancar. Cuando iba al supermercado, le sonreían y la atendían mejor. Era el poder del vestido, sumada a su habitual cortesía.

Pero hay chicas, como hemos visto, a las que no les pasa igual. A una de ellas le han llamado «Rosita Fresita», a otra «Belinda» o como le pasó una vez a la propia Daniela, que cuando caminaba por el centro de la ciudad, alguien se le acercó con curiosidad a preguntarle al oído si adoraba a Satanás. No, no adora a Satanás. Sólo es una mujer que se viste como muñeca y escucha metal.

V: SER LOLITA ES SER FELIZ

Claudia es la más apasionada de su comunidad. Para ella el Lolita, a diferencia de lo que dice Karla, es como un arte. Elegir el vestido es todo un pensar. Elegir el maquillaje es parte de una reflexión: «Cada detalle cuidas que sea coincidente de lo que tienes en otra parte de tu atuendo, entonces de alguna manera, es como lo que saca lo que uno quiere expresar como individuo. Para ello ser Lolita no es nada superficial».

—En mi caso yo no podría ir a mi trabajo vestida de Lolita, para tener por ejemplo una ideología Lolita como la que se llegó a hablar en algún momento, como vestirse así 24/7 y tomar el té a cierta hora, o sea, cosas así, son más bien como utópicas ¿no? Pues en realidad es imposible para una persona que vive en sociedad, o sea difícilmente puedes reemplazar tus labores diarias como lo es la escuela, trabajo, tu familia, un sinfín de etcéteras.

Ella es Lolita porque dice que la hace feliz. Más allá del vestido, verse así y salir a la calle, la hace sentir única y realizada.

UN CIERRE A MANERA DE EPILOGO
Al final del día las chicas vestidas de muñeca se reúnen en un café donde se ya se les conoce. Un espacio que por su diseño, mimetizan en el decorado. Es un café de paredes rosas. Y sillas, mesas, cortinas, barandales, sillones y lámparas del mismo color. Estamos en una imagen sacada de los cuentos de Lewis Carroll. A esta hora de la tarde, Paulina llega en su auto rojo con otras cuatro Lolitas. Desciende del auto e intercambia palabras con chicas de otro carro que llegó después. Son mujeres que también visten de Lolita.

Ahora todas están frente a mi. Ocho mujeres que posan, sonríen, saludan y hablan al mismo tiempo. Me he reunido con ellas un fin de semana caluroso. Cuando yo apenas puedo con mi cabello, ellas se acomodan los accesorios de sus cabezas y presumen sus pesados vestidos. Hablan sobre ordenar algo de comer, sobre sus vestidos y experiencias como Lolita. Brincan de moda a literatura y yo las escucho con paciencia. Todas son de gustos tan distintos: una aplaude la literatura de Bram Stocker y otra la de Edgar Allan Poe.

—¿Yo? J.K. Rowling —dice una.
—A mi me gusta escuchar a Calle 13 —dice otra.
—Yo a veces escucho metal.

En el comedor de la impasible sala rosada, llena de voces y comida, las posturas se encuentran en cuestión de minutos. Lo Lolita es una moda simplemente estética. No, es toda una filosofía de vida. Bueno, yo no se.

—¿Reggaetón? ¿Banda? Jamás.

Las voces siguen reptando por las paredes tanto como las versiones sobre ellas mismas. Es un encuentro de ideas que sólo se parecen en el vestido. Hay una impresión generalizada: habrá pasado algún tiempo ya desde que las Lolitas no pensaban en sí mismas. No sé. Es una entrevista sin conclusiones. O con todas las conclusiones posibles. Se trata de personas con ideología diversa que se vinculan sólo por vestirse parecido. Nada más.



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